blog_pajaro_580x230

UNA ISLA PERDIDA EN LAS SHETLAND

Es el escenario ideal para un thriller de alta tensión. Sobre todo si en la isla se han instalado unos laboratorios de última generación especializados en investigación genética. ¿Queréis saber por qué es un escenario inmejorable?

Primero os ofrezco una pizca de información:

Las islas Shetland son un archipiélago compuesto por más de cien islas, pero solo quince están habitadas. Están perdidas en el mar del norte, tan lejos de Gran Bretaña como de Noruega. De hecho, fueron territorio vikingo durante siglos, pero a mediados del XV pasaron a formar parte de Escocia como parte de la dote de una princesa nórdica por casarse con nuestro rey Jacobo III. La población de todo el archipiélago es de unas 23.000 personas, y la mayoría están en Lerwick. Lejos de la capital reina el aislamiento.

Y ahora un breve fragmento de la novela, justo cuando los protagonistas llegan a su destino:

Impertérrito, James conducía el coche con suavidad por aquella abrupta carretera costera. Las espesas nubes cubrían completamente el cielo, pero la luz crepuscular del atardecer se filtraba a su través iluminando un cabo lejano azotado por las olas.
El coche se desvió hacia el interior por un camino flanqueado por pardos y húmedos tremedales de aspecto pantanoso que pronto se trasformaron en un páramo inhóspito. Luego ascendieron por un escarpado monte pelado.
Una vez lo hubieron remontado, la morfología del terreno cambió radicalmente. Como si se tratase de otra isla, el nuevo paisaje estaba compuesto exclusivamente de rocas volcánicas. Sobre el suelo de lava petrificada se elevaban prominentes desniveles de basalto, semejantes a las dunas de un desierto.
Aquella solitaria carretera que estaban atravesando daba fe del tesón humano. Vivir en medio de un entorno tan hostil no debía de ser fácil.
—¿Cuántas personas residen aquí? —preguntó Gabriel.
—En la isla de Moore viven unos ochenta nativos, concentrados en la zona del puerto que hemos dejado atrás —explicó James—. El pueblo consta de una única calle construida de espaldas al mar para protegerse del viento. En total son una veintena de casas, incluyendo una tienda que vende un poco de todo y un pub donde se puede jugar al billar.
Con aquel panorama, que su estancia fuera llevadera dependería exclusivamente de su relación con Iria, pensó Gabriel. Por el momento, el cambio de aires no les había sentado bien.
—En verano la población se triplica con la llegada de turistas —prosiguió James con su voz ronca—. La gente de Moore alquila habitaciones e incluso han construido un par de casas sobre la colina del puerto para familias o grupos organizados. El turismo y la pesca son las únicas industrias que dan algo de dinero aquí.
—Imagino que el desembarco de New World en la isla es ahora una nueva fuente de ingresos.
—Sí, pero no ha supuesto ningún cambio importante —le cortó James algo a la defensiva—. Más allá de Port Moore, la isla sigue desierta con la excepción de nuestros laboratorios y de dos personas que siempre han vivido al margen de la comunidad…
—¿Y quiénes son esas dos almas solitarias? –se interesó Gabriel.
—Un físico huraño y alcohólico que vive en el faro y controla una estación meteorológica. La otra es una mujer con fama de loca que tiene una casa en la costa norte. Aunque bien podría estar muerta. Hace mucho tiempo que nadie ha tenido noticias suyas en el pueblo…
—¿Y esa es toda la fauna humana de la isla? –le preguntó, intentando alargar la conversación.
—En circunstancias normales, sí.
—¿Qué significa eso de circunstancias normales? –inquirió Gabriel, tras una larga pausa.